El pasado luminoso y las oscuras esperanzas


Silvio Mattoni

Con una indicación de lugar y fecha, “Córdoba, enero de 1958”, firma Carlos Fantini el ensayo introductorio a su traducción de Alcoholes de Guillaume Apollinaire. Dicha introducción se titu-laba “Surrealismo y sociedad en G. Apollinaire” y planteaba cierto esquematismo sociológico, por el cual las obras de arte dependerían de sus circunstancias sociales e incluso serían efectos de las condiciones en que surgieron. El esquematismo era comprensible en la época, y podríamos decir que Fantini responde a las condiciones en las que él mismo trataba de pensar. Sin embargo, una vez superadas las definiciones generales, el ensayo se de-tiene con sutileza en el poeta vanguardista y señala algo que no sería una contradic-ción sino su ambivalencia, el hecho de que parece traer a cada paso aires antiguos, tradicionales, propios del género de la poesía de otros tiempos. Por un lado, está la voluntad de moderni-dad, que en Apollinaire es aún mayor que en Baudelaire, porque llega a romper las formas métricas y la sintaxis, porque eli-mina la puntuación y se deja tentar por las retóricas del cartel y el aviso publicitario; y por el otro, la música de la lengua que se re-cupera, la filiación con Verlaine y más atrás con Villon, sin mencionar las canciones populares, baladas y rondas. Apollinaire parece estar escuchando, por momentos, las variaciones de cánticos infantiles o de poemas folklóricos. Como en uno que se titula “La casa de los muertos” y que relata una extraña fiesta donde muertos y vivos se mezclan, bailan, conversan, en una escena de resurrección macabra y car-navalesca, cuyo tema parece remontarse al medioevo de Villon o a motivos recobra-dos por un romanticismo medievalizante. En ese poema, figura la siguiente estrofa: “Niños/ De este mundo o del otro/ Can-taban esas rondas/ De palabras absurdas y líricas/ Que sin duda son los restos/ De los más antiguos monumentos poéticos/De la humanidad”. El juego de niños en el que se demora el poeta puede aparecer como una transgresión de una pretendida nobleza poética, solemne en el peor de los casos, sobre todo cuando se rodea del tráfico urbano, el caleidoscopio de lo que se ve en una ciudad a comienzos del siglo XX, pero en realidad es el lazo que lo une al pasado, no en su forma libresca ni en una conexión erudita, sino en una suerte de transacción con las vidas que pasa-ron. En el mismo poema que citamos, los muertos con los que el poeta sale de paseo también juegan, a un juego que recorre los siglos como una sonrisa trascendental que no perteneciera a ningún rostro, que para nosotros se llama “hacer sapito”: “A la orilla de un lago/ Nos divertimos ha-ciendo rebotar/ Piedras chatas/ Sobre el agua que apenas ondulaba”.

Pensemos pues en los muertos. Para su traductor cordobés, Apollinaire era un muerto, pero más allá de la interpretación de su poesía como expresión de una época, en la limpidez de las versiones que hizo, en la demora que implica hacer endecasílabos y alejandrinos cuando el original los pide y los permite, en la intención de ser poesía para un lector de medio siglo después en otro idioma, se revela lo que une al traduc-tor con ese libro que le despertaría cierta devoción. Sin dudas que para un público todavía aficionado a la solemnidad provin-ciana de versos altisonantes o al ejercicio del arte retórico leguleyo, un poema como “Zona” de Apollinaire podía ser un llama-do de atención. Aunque ser moderno quizá sea más una fatalidad que algo buscado, Apollinaire reiteraba en la bella edición de Assandri su cansancio del mundo an-tiguo, su elogio de la reciente torre Eiffel como una pastora erguida que escucha con alegría el balido de su rebaño de puentes Alcoholes, de Guillaume Apollinaire. Versión y ensayo preliminar de Carlos Fantini. Ediciones Assandri, Colección Campana de Fuego, Córdoba, 1958, 176 páginas.a la mañana. Y el poeta que sale a pasear también reclamará por unas formas menos arraigadas en la repetición de viejos adornos: hasta los autos son antiguos en su nostalgia del carruaje. Y antes que entrar a una iglesia para exaltarse el ánimo, bus-cará la emoción de dejarse llevar por las sensaciones vertiginosas de la calle: “Lees los prospectos los catálogos los carteles que cantan a voz en cuello/ Aquí está la poesía esta mañana y para la prosa están los dia-rios”. Son los himnos visuales que escucha Apollinaire al comienzo de su recorrido por la “zona”, donde todas las regiones del planeta son aludidas y a través de ellas, todos los períodos, las huellas históricas. ¿Y qué se habrá escuchado en la poesía de Córdoba todavía cincuenta años después, sino las campanas absolutamente ajenas a toda moda, esa lentísima revolución de las costumbres?

Pero Apollinaire no sólo llegaba, gracias a la tarea de Fantini, a traer la nueva de lo moderno, de una poesía menos limitada, su potencial mezcla de todos los tiempos y lugares, su prosa vitalmente ganada para el verso, sino que también podemos verlo como el testigo de los viajes que trajeron hasta aquí a nuestros propios muertos familiares, resumidos en la compasión que expresa cuando observa a los que se van de Europa en la estación de trenes, y se ordena pararse a describirlos: “Miras los ojos llenos de lágrimas a esos pobres emigrantes/ Creen en Dios rezan las mujeres amamantan los hijos/ Llenan con su olor el hall de la estación Saint-Lazare/ Tienen fe en su estrella como los reyes magos/ Esperan ganar dinero en la Argentina/ Y volver a su país después de hacer fortuna/ Una familia transporta un almohadón rojo como vosotros transportáis vuestro corazón/ Ese almohadón y nuestros sue-ños son por igual irreales”. ¿Por qué llora ante esta escena el poeta, que va y viene, que se pierde, que buscará al final del día el alcohol y el silencio de la noche? ¿Será un poeta esa segunda persona de todo el poema, o será la “zona” misma, la ciudad que abre y cierra unos ojos al principio alegres, luego melancólicos, y vuelve a em-pezar cada mañana su contemplación del dolor de las multitudes? La migración es un emblema de la irrealidad de los deseos; pero el almohadón o cualquier otro objeto que se atesora, trivial, para trasladarlo a miles de kilómetros, se transforma en un fetiche –“Son los Cristos inferiores de las oscuras esperanzas”, dirá Apollinaire– y la creencia se abre paso a través de las cosas inertes, en medio de las mudanzas y los cambios que se imponen con cierta fatalidad, porque el poema no renuncia a creer en lo que dice.

Por eso, en su adhesión al presente, Apo-llinaire no deja de atender a los muertos, que forman una parte importante del conjunto de los otros. De los muertos se recibe cierta potencia, ya no cambian y a su vez pueden ser objeto de cualquier cambio. Apollinaire ha envejecido para Fantini, después del surrealismo; otro medio siglo, y para nosotros la traducción de Fantini con sus casticismos de rigor –sobre todo los “vosotros”– también envejece un poco.Pero el libro contiene dos fotos de Apolli-naire que merecen nuestra atención: una es del joven que está escribiendo Alcoholes en 1900, de traje, pelo corto, nariz aguileña, la-bios finos, tez blanquísima; otro es del soldado herido, la célebre foto del poeta con la cabeza vendada, rapado, barba crecida, boca entreabierta y mirada a la cámara de costado, de 1916, durante la Gran Guerra. La tercera ilustración es la reproducción facsimilar de una nota con la que Coc-teau le comunica a un amigo en común la muerte de Apollinaire en noviembre de 1918: “El pobre Apollinaire ha muerto. Picasso está demasiado triste para escribir. Yo me obligo a hacerlo y a ocuparme de las notas a los diarios. No sé cómo. ¿Tendría la amabilidad de encargarse de eso?… Siento una gran tristeza. Llegó a vivir por un milagro de energía hasta las 5. Su rostro está tranquilo y muy joven. Lo abraza, Jean Cocteau.” He ahí la eterna juventud del poeta muerto, que sigue ani-mando su “zona”, sigue despertando a gru-pos de amigos en la casa de los muertos para ir a tomar a viejas tabernas, donde Villon y Verlaine se reúnen con él. Pare-ciera que leyendo así nos confundimos con el recuerdo del muerto, cuya voz ima-ginamos, y sentimos un enriquecimiento acaso falaz, “Pues nada hay que os eleve tanto/ Como haber amado a un muerto o a una muerta/ Uno se vuelve tan puro que se llega/ En los glaciares de la memoria/ A confundirse con el recuerdo/ Uno se forti-ficó para la vida/ Y ya no tiene necesidad de nadie”. No obstante, necesitamos que las vidas pasadas sigan siendo coloridas, soñar con la mirada del poeta trepanado como si lo hubiésemos conocido, necesi-tamos del traductor que nos lo recuerda una vez más. El futuro es un blanco en la frente; la irisación de lo que una vez existió pinta la forma, el contorno del presente. Oigamos de nuevo al poeta de hace cien años: “Nada ha muerto sino tan sólo lo que aún no existe/ Junto al pasado luminoso el mañana es incoloro/ Es también informe junto a lo que perfecto/ Presenta la uni-dad y el esfuerzo y el efecto”. Con el rojo del almohadón casual de un emigrante se incendia acaso el esfuerzo, el efecto que ofrece el poema y lo hace todavía audible. Hasta el olor del viejo libro soñado en 1958 dice que nadie pasa sin dejar un rastro, o quizás expresa lo que suele llamarse una simple “creencia”■

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