Crítica de Teatro


Lógica sangre de pato

Lopatológico. Cirulaxia Teatro

Gastón Sironi

Como celoso sufro cuatro veces: porque estoy celoso, porque me reprocho por estarlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me dejo someter por una tontería. Sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser ordinario.

Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso.

Sigo en la carretera buscándote al final del camino te encontraré. Julio Iglesias, La carretera.

Qué noche / qué silencio / si ella supiera

Cuando la luz muestra por primera vez la escena, después de unos minutos pre- cisos, intensos, oscuros, aparece ella. Lo. Lola, manchada de sangre. Sucia. Es Penélope, con un bolso de piel marrón. Quebrada, musitando una letanía que tiene ritmo de película: “sola, lola, sola”.

—Cómo llegamos a esto —pregunta. Por preguntar. Porque ya sabe. Cómo llega el amor a enfermarse, a en- fermar, cómo llega el amor a ser un su- frimiento. Para morir, para matar, para dejar de ser.

Hay una mujer con sangre en las manos. Hay un interrogador que no vemos. Hay una pareja que ha enfermado hasta la sangre. Lo y Lo. Lola y Lorenzo. Veci-

nos, un edificio cimentado en el pasado. Vecinos destinados al desastre. En el teatro, en tanto, el tiempo avanza y retrocede. El interrogador es el presente, pero no se ve. El pasado sí. Pasa. Todo el tiempo:

—Cometí un error. —¿Cuál error? —No haberme dado cuenta desde el prin- cipio de que no iba a funcionar.

En la escena, dos bancos con ruedas y asientos de vidrio; una mesa con ruedas y tapa de vidrio; estos objetos irán transmu- tándose en puertas, balcones y ventanas. El mecanismo es ingenioso y delicado. En él caben los actores, abajo y arriba, delante y detrás.

La puntuación es musical: con la música avanzan la historia y el humor, de la mano de Julio Iglesias y del pato Julio.

Esto sí funciona: ya estamos atrapados. El público. Gente que ha sufrido por amor: “Si no sufriste por amor, no vengas”, ad- vierte el programa de mano. Fuimos. Hemos amado, hemos sufrido por amor. Estamos habilitados para Lopatológico. Y para amar otra vez.

Estamos atrapados. Ya vemos, pero escu- chamos sin ver. Como al interrogador, una voz lejana que retumba adentro porque no se ve. Un fantasma. Un escribiente, un in- vestigador, un psicoanalista. Un juez. Un fantasma que pregunta:

—¿Quién es la víctima? —Yo soy la víctima —dice Lola—. Él tam- bién era una víctima —dice.

Juicio y castigo, a la víctima.

Me comen la cabeza los pensamientos

Lorenzo piensa. Pensando/imaginando su duda aumenta. Y está tan sucio adentro que tiene que lavar. Sus pensamientos son una hélice.

Lógica de pato: fría, impermeable, water- proof, como las plumas de los patos.

Y adentro, ¿los patos tienen frío?

Lógica de pato: irrefutable, irrevocable, hasta el final: dale Lola dale, no dejes de lavarte no dejes de ensuciarte para mis re- proches.

—Lo yo no estoy sucia estoy cansada, no quiero que me laves, hace tanto ya que no estoy sucia. —Estás sucia, Lo.

—Si no me tocás no sé dónde termina mi cuerpo.

El amor también es sucio, el amor tiene lógica sangre de pato, nunca está sufi- cientemente limpio el amor. —Estoy rota, pero esta sangre no es mía —dice Lola.

¿De quién es la sangre del amor?

Pensando imaginando mi duda aumenta

En la sala de Cirulaxia se oye a Julio. Igle- sias. Un pato, un Julio pasado, embalsa- mado. Un regalo de amor. Lorenzo: —¿De un antiguo amor?

Lola: —El más antiguo. Lorenzo: —¿Y ya lo olvidaste? Lola: —Es imposible olvidarlo. Lorenzo: —Ah, qué pena. Lola: —Un antiguo amor: mi papá.

Los padres de Lola. La madre de Lola. Lola madre. Lola sola. O con Lorenzo: —¿Y qué me decís de Julio? ¿Y de Iván el temible?

Sube el ácido: la prisión de los celos (lo te- rrible del mar / es morir de sed). Una lógica sin retorno, férrea, pulcramente férrea: la lógica del pasado.

¿Cuándo el otro deja de ser lo que parece?

Kilómetros pasando, pensando en ella

El pasado pisado, pesado, lleno de pus.

Qué largo es el camino / qué larga espera.

Precipitarse: urgencia de precipicio. Y preguntas, las preguntas de Lola sola: ¿Cuánto se puede cargar con la enferme- dad del otro? ¿Qué pedazos de uno está uno dispuesto a mutilar para sostener lo que no hay?

Como el pato Julio, la pasión embalsa- mada. La muerte detenida, limpia. El odio, con la misma fuerza del amor. —Necesito que mi corazón descanse —dice Lola.

—Por qué, Lo, por qué no te calmás.

—No quiero ser tu calma, no quiero ser tu sangre. Pregunta: ¿amor y descalma no van bien juntos?

Perdidos entre la duda y la neblina

Lopatológico avanza. Sí, con el humor que el jarabe eficaz de Cirulaxia infunde en las venas. Pero esta vez el medicamento tiene drogas nuevas. Cirulaxia ha creado ahora una atmósfera distinta de la que hemos respirado en obras anteriores.

Esta vez hay más. Humor, amor y horror. Los humores del amor.

Se suceden los colores: llega un momento plástico, azul. Una neblina azul que Loren- zo rocía cada martes en la casa. Él está feliz en casa. Ella, Lola, está encerrada. Detrás del vidrio mojado, el amor está empañado: Lo y Lo. Lo patológico. Empañar el vidrio del pasado del otro, por amor.

Lopatológico es un policial romántico. Una historia de amor cocida en alambiques sin esterilizar. Sucios. No hay lavandina que limpie el amor.

Lola: —¿Es lógico que no haya con qué limpiar las manchas de la muerte del amor?

No, no hay tónico que saque de adentro lo que entró con sangre. Sangre de pato, sangre de julio, de invier- no, sangre fría.

Entonces, para que la sangre no se enfríe: agitarla clavando un dedo sucio en la in- fección, meter el dedo por el pupo lleno de pus y hurgar, rastrillar, esa sensación horrible y hermosa de raspar algunas ma- deras con la uña, vértigo, incomodidad ahí adentro, y más.

Más: meter la memoria en una urna y sumergir todos los recuerdos. Al lago, para acabar con los recuerdos. —Cuando te diluyas, por fin mi corazón va a descansar.

Donde hubo fuego tuvo que haber agua. Después. Y acá no quedó nada, todo se convirtió en mierda. Años de mierda. —El amor es una lucha, un partido, una guerra. ¿Quién gana?

Nadie gana, pero llega el final. Al final, la oscuridad del principio. Una oscuridad cribada de luz, ahora. Una oscuridad cri- bada, en la que Lorenzo se diluye.

—Fue amor hasta el final, fue amor.